No es necesario esperar a que exista una crisis grave. Puede ser recomendable buscar apoyo cuando algunos cambios se vuelven intensos, persisten en el tiempo o comienzan a afectar su vida cotidiana, por ejemplo:
Aislamiento de familiares, amistades o actividades que antes disfrutaba.
Irritabilidad, enojo frecuente o cambios intensos de estado de ánimo.
Tristeza, desmotivación, desesperanza o llanto recurrente.
Ansiedad, preocupaciones excesivas o crisis de angustia.
Dificultades escolares, falta de concentración o disminución del rendimiento.
Conflictos frecuentes en casa o problemas para respetar acuerdos y límites.
Baja autoestima, inseguridad o preocupación constante por la opinión de otras personas.
Dificultades para relacionarse, acoso escolar o rechazo social.
Problemas de sueño o cambios importantes en los hábitos cotidianos.
Experiencias de pérdida, separación, violencia o acontecimientos difíciles.
Conductas impulsivas, autolesiones o expresiones relacionadas con no querer vivir.
Preocupación excesiva por el peso, la imagen corporal o la alimentación.
Estas señales no significan necesariamente que exista un trastorno o diagnóstico. Sin embargo, pueden indicar que el adolescente está atravesando una situación que merece ser comprendida con mayor cuidado, y una valoración profesional puede ayudar a identificar qué tipo de apoyo necesita.
Cada adolescente puede vivir esta etapa de manera diferente. En CIDEP ofrecemos acompañamiento psicológico ante situaciones como:
Preocupaciones constantes, miedo a equivocarse, presión escolar, crisis de ansiedad, inseguridad, perfeccionismo o dificultad para relajarse.
Tristeza persistente, pérdida de interés, irritabilidad, cansancio, aislamiento, desesperanza o sensación de no ser comprendido.
Inseguridad, autocrítica, comparación con otras personas, dificultad para reconocer cualidades propias o dudas relacionadas con la identidad y el sentido de pertenencia.
Reacciones intensas, impulsividad, discusiones frecuentes, dificultad para expresar lo que siente o para recuperar la calma.
Conflictos en casa, problemas de comunicación, desacuerdos sobre reglas, responsabilidades, autonomía o uso de dispositivos electrónicos.
Dificultad para hacer amistades, miedo al rechazo, aislamiento, conflictos interpersonales, acoso escolar o presión de grupo.
Separación de los padres, fallecimiento de una persona cercana, cambio de escuela, mudanza, ruptura de pareja u otras transiciones significativas.
Experiencias de violencia, abuso, accidentes, pérdidas o situaciones amenazantes que continúan generando miedo, culpa, recuerdos intrusivos, evitación o cambios emocionales.
Insatisfacción corporal, miedo intenso a subir de peso, restricciones en la alimentación, episodios de atracones o conductas que puedan estar afectando la relación con la alimentación o la imagen corporal.
Cuando la situación requiere atención médica, nutricional, psiquiátrica o de otra especialidad, trabajamos mediante canalización y colaboración interdisciplinaria.
El proceso comienza con una valoración inicial que nos permite conocer qué está ocurriendo, comprender el contexto familiar, identificar los recursos del adolescente y establecer juntos los objetivos de trabajo.
A partir de ahí, el proceso se adapta a la edad, características y necesidades de cada adolescente. Dependiendo del caso, el proceso puede incluir:
Identificación y expresión de emociones.
Comprensión de pensamientos, emociones, conductas y situaciones que pueden estar manteniendo el malestar.
Estrategias para manejar ansiedad, estrés, tristeza o enojo.
Desarrollo de habilidades de comunicación y solución de problemas.
Fortalecimiento de autoestima, autonomía y toma de decisiones.
Construcción de hábitos saludables.
Procesamiento de experiencias difíciles desde un abordaje sensible al trauma.
Prevención de recaídas y elaboración de un plan para afrontar futuras dificultades.
En CIDEP trabajamos principalmente con modelos psicológicos basados en evidencia. Esto significa que las estrategias que utilizamos cuentan con respaldo científico y se seleccionan de acuerdo con las necesidades y objetivos de cada adolescente.
Para que el proceso sea útil, es importante que el adolescente comprenda que acudir a terapia no significa que esté “mal”, que sea el problema de la familia ni que tendrá que hablar de algo para lo que todavía no se siente preparado.
La psicoterapia busca ofrecer un espacio en el que pueda sentirse escuchado, comprender mejor lo que está viviendo y participar activamente en la búsqueda de alternativas y soluciones.
Cuando existe resistencia para asistir, orientamos a la familia sobre cómo presentar la propuesta de terapia de una forma respetuosa, evitando amenazas, etiquetas o confrontaciones.
La participación familiar puede ser importante, especialmente al inicio del proceso. Dependiendo de la edad, el motivo de consulta y las necesidades del adolescente, pueden realizarse entrevistas con madres, padres o cuidadores para comprender mejor el contexto y establecer acuerdos de colaboración.
Durante el tratamiento también pueden ofrecerse sesiones de orientación para:
Mejorar la comunicación familiar.
Establecer límites claros y consistentes.
Comprender mejor las necesidades emocionales del adolescente.
Disminuir discusiones y respuestas impulsivas.
Favorecer la autonomía de manera gradual.
Aprender formas de acompañar sin invadir, minimizar o invalidar lo que siente.
El objetivo no es señalar culpables, sino comprender qué está ocurriendo y favorecer cambios que contribuyan al bienestar del adolescente y de la familia.
El adolescente necesita contar con un espacio de privacidad que le permita expresarse con mayor libertad. Por ello, el contenido de las sesiones se maneja de manera confidencial.
Madres, padres o cuidadores pueden recibir información general sobre los objetivos, avances y recomendaciones del proceso, procurando siempre proteger la privacidad del adolescente.
La confidencialidad tiene límites cuando existe riesgo para la integridad del adolescente o de otras personas, o cuando se presenta una situación que requiere la intervención de responsables legales o de otras instituciones. Estos límites se explican desde el inicio del proceso.
Cada adolescente y cada familia atraviesan circunstancias distintas. Una valoración psicológica permite comprender qué tipo de apoyo puede ser más adecuado y definir los primeros objetivos del proceso.